En mi anterior artículo “¿Qué es la espiritualidad?” te conté
que iba a ir desarrollando las ideas que, para mí, son claves para vivir más
acorde con nuestra auténtica esencia espiritual.
La primera que te
mencioné es sentir paz interior y de eso te quiero hablar hoy.
Durante muchos años (más de los que me hubieran gustado) he pensado que para tener paz interior, primero, todo en
mi vida tenía que estar en orden y sin ninguna complicación, pero eso a menudo
me resultaba misión imposible porque no sólo pretendía tener mis asuntos bajo
control sino que, además, quería que todo mi entorno estuviera también con sus
vidas organizadas y viviendo alegres y felices. Así fue que esa paz interior nunca llegaba.
Tuve momentos en los cuales podía escaparme de la rutina,
normalmente en vacaciones, y allí parecía que si, por fin, había encontrado mi
paz interior. Pero eso duraba a lo sumo quince días (con un poco de suerte 20)
y luego toda aquella sensación de estar a bien conmigo misma, el mundo y el
universo se desvanecía tras la primera semana de retomar mi “vida normal”.
En los últimos seis años mi vida y sus circunstancias
fueron caóticas, llenas de desafíos que pusieron a prueba (¡y de qué
manera!) mi equilibrio emocional. Fue en medio de esa tormenta que finalmente
me rendí a la evidencia: Si quería tener paz interior tendría que lograrla
aunque mi exterior fuera caótico.
Tuve que darme cuenta que mi exterior sólo estaba reflejando
mi estado interior. Y aunque eso te provoque incredulidad es así como funcionan
las cosas. Todo lo que vemos en nuestro exterior es un reflejo de lo que
tenemos en nuestro interior.
Así que, si quería realmente encontrar mi tan ansiada paz interior, no tenía más remedio que ponerme
manos a la obra y trabajarme éstos
conceptos fue lo que me ayudo a lograrlo:
Aceptación:
Tanto de uno mismo como de las circunstancias actuales de nuestra vida. Muchas
veces las personas confundimos aceptación con resignación, pero no tienen nada
que ver. La aceptación se vincula con la posibilidad de realizar cambios que
estén en nuestras manos a partir de la toma de consciencia de aquello que nos
disgusta y esos cambios están, normalmente, dirigidos hacia nuestro interior,
mientras que la resignación nos posiciona en un lugar de impotencia (y
victimismo) frente a los sucesos y a nuestras carencias personales provocando
un profundo sentimiento de agotamiento existencial que dirige toda nuestra
atención hacia el exterior ya sea para buscar culpables de lo que nos sucede o
consuelo de los que nos rodean o ambas cosas a la vez.
La aceptación nos dice:
Ok, esto es lo que hay en mi vida ahora mismo, no voy a luchar contra eso
porque es un desgaste de energía demasiado grande. Pero buscaré dentro de mis
recursos la forma de reconducir ésta situación. Esto nos reconecta con nuestro
poder personal. En caso de no poder realizar cambios porque no está en nuestra
mano la aceptación nos ayuda a dejar fluir la situación, confiar en que pronto
pasará y extraer el aprendizaje que esa situación nos trae como regalo.
Pero tal vez lo más importante de practicar la aceptación es
que dejamos de convertirnos en víctimas, ahorrándonos obtener “más de lo mismo” que nos trae a
nuestras vidas la queja y los lamentos. Porque cuándo nos focalizamos en las
cosas (aparentemente) malas que nos suceden utilizamos la fuerza creadora
(pensamiento + emoción) con tal fuerza que el Universo sabio (que no juzga nada
como bueno o malo) interpreta que aquello en lo que nos focalizamos es lo que queremos expandir en nuestras
vidas.
La resignación nos
dice: Es la cruz que me tocó cargar y tengo que aprender a vivir con eso. Cargar
estoicamente con un sufrimiento y abandonar toda idea de solución o cambio. El
concepto de resignación está íntimamente ligado al concepto de sacrificio (muy
presente en nuestra cultura Judeo-Cristiana) y que en otro artículo explicaré
su inutilidad absoluta para nuestro avance espiritual ya que el sacrificio,
como toda creación del ego, aspira a su porción de reconocimiento sin
importarle las consecuencias que eso trae a tu vida.
La definición de resignarse lo dice todo: Aceptar con
conformidad un estado o situación que perjudica o hace daño. Conformarse,
entregar su voluntad, condescender.
Creo que la forma más maravillosa de explicar la aceptación
nos la legó Carl Jung cuándo dijo: “A lo
que te resistes…persiste. Lo que aceptas…te transforma”.
Gratitud:
Practicar la gratitud diaria es uno de los regalos más hermosos que te puedes
hacer a ti mismo y a tu paz interior. Yo sé muy bien que cuando estamos
atravesando un mal momento nuestra mente tiende a ver todo negativo. Es como si
se entrara en un bucle en el cual cuánto más pienso en lo malo que me está
sucediendo más cosas malas vienen a mi mente ya sea en forma de vaticinios o de
recuerdos de otros malos momentos vividos. Pero para cortar ese bucle (o no
permitir que tome forma) lo mejor es crearse una lista escrita o mental de todas
las cosas por las cuales podemos estar agradecidos. Es hacer lo mismo que hacemos
con lo malo, pero con lo bueno. Si normalmente lo malo lo exageramos… ¡pues
exageremos lo bueno! Desde nuestro buen
estado de salud, nuestra familia, amigos, trabajo. Ya sé que me puedes decir:
Claudia, es que todo anda mal en mi vida ahora mismo ¡no tengo nada que
agradecer! Y yo te digo: ¡Mira bien! Si no tienes grandes cosas por las que
agradecer, comienza por las pequeñas: agradece y bendice el rayo de sol que te
calienta la cara, el vaso de agua que te refresca, la sonrisa que te brinda un
desconocido. Siempre hay algo o mucho por lo que estar agradecido. Lo
importante es estar predispuestos a verlo. Si tomas esa actitud como una
saludable rutina pronto tendrás muchas más cosas que agradecer porque,
recuerda, que en lo que te focalizas es lo que expandes.
Perdonar-me:
No hay nada que te quite tan rápidamente la paz interna como guardar rencores y resentimientos hacia otros
o hacia ti mismo. En realidad y esto es algo de lo que hablaré en otra
publicación, aquello que sentimos como una ofensa de otra persona hacia
nosotros no es ni más ni menos que una interpretación muy personal y siempre
tamizada con el filtro de nuestras creencias de lo que está bien o mal hecho.
Por lo tanto nadie puede ofenderte o lastimarte a menos que tú “creas” que si es posible hacerlo.
El perdón no es en sí un acto de bondad hacia otros sino,
más bien, un acto de amor hacia nosotros mismos.
Hay una frase que define a la perfección lo
que es guardar rencor y dice así: “Guardar
rencor es igual a tomar veneno y esperar que la otra persona se muera”
Yo sé bien que tu mente/ego te dará un repertorio de mil y
una justificaciones para guardar rencor hacia alguien, pero déjame que te digas
tres cosas con respecto a ello:
Primera:
Cuando te enfadas con alguien por algo que te ha hecho normalmente con quien
estás enfadado es contigo mismo por estar viviendo esa situación, por haberte
permitido exponerte a lo que consideras una ofensa en ese momento. Te doy un
ejemplo: un amigo actúa de alguna manera que tú recibes como que defrauda tu
confianza. En la superficie tu enfado es hacia el acto cometido por tu amigo
pero, en lo profundo, tu enfado es por haber puesto expectativas en una persona
y éstas no han sido cubiertas. ¿Se entiende? Y puedes descubrir esa mascara acusatoria que
usa el ego porque normalmente lo que dices, ante una situación así, es “Yo no
le hubiera hecho eso nunca”. Lo pasas por tu filtro de creencias acerca de lo
que está bien o está mal y tu condena es hacia el otro, pero tu malestar es
contigo mismo.
Segunda:
A los instrumentos que utilizan las creencias para medir la conducta de los
demás los llamamos juicios de valor, y te dicen lo que es correcto o aceptable
y lo que no lo es. Normalmente provienen de nuestra educación y son normas
sociales que se aplican en forma casi automática. Una creencia no sólo implica juzgar
el comportamiento del otro sino que juzga, duramente y de forma velada, nuestro
comportamiento también. Pero la buena noticia es que las puedes cambiar cuándo
te haces consciente de ellas.
Tercera:
Desde una perspectiva espiritual lo que el “otro” te hace a ti es, ni más ni menos, que el reflejo de lo que
tú te haces a ti mismo. Que alguien no te respeta, pregúntate ¿en qué no me
estoy respetando a mi mismo?
Todas las personas son maestros que vienen a enseñarte sobre
los temas específicos que viniste a experimentar en ésta vida. Con lo cual
están haciendo su labor a la perfección, no hay errores. No hay bueno y malos,
como en las películas. Hay aprendizajes y por lo tanto la tarea que debemos
asumir es la de “perdonarnos” ese olvido espiritual. Si somos capaces de mirar
bajo esa perspectiva dejaremos de llenar nuestra mente de sentimientos tóxicos
como la rabia y el rencor y daremos paso, no sólo a la gratitud sino también a
la paz mental que te aporta el saber que todo responde a tu plan de vida y va a
favor de tu evolución.
Des-Preocuparme:
Nos han educado en la creencia de que debemos preocuparnos por las situaciones.
Si algo va mal nuestra tendencia es la de
preocuparnos. Pero si me permites te diré algo: la preocupación es siempre
anticipatoria, es otro mecanismo del ego que es incapaz de vivir en el presente
y mucho menos pensar que las cosas van a salir bien. Y, por supuesto, es la
manera más efectiva de que aquello que temes se haga real porque tú lo vas
creando con la fuerza de tus pensamientos y tus emociones. Entonces: ¿Para qué
te sirve preocuparte? Pues para nada bueno. Primero lo que hace es mantener tu
mente entretenida en todas las posibles catástrofes que puedan venir lo cual te
coloca en la vibración energética más baja que es el miedo y desde allí te puede
llevar a tomar decisiones apresuradas y perjudiciales y segundo te sitúa en una posición de
impotencia porque ¿Qué se puede hacer frente a lo que aún no ha sucedido?
Hay una frase del cantante Wiz Khalifa con respecto a la
preocupación que me encanta y es ésta: “Preocuparse
es estúpido. Es como caminar con un paraguas abierto esperando que llueva”.
Desde el punto de vista espiritual la preocupación es el
mejor antídoto contra la paz interior. Cuándo eres capaz de des-preocuparte
(aunque tienes que estar preparado que te juzguen como “irresponsable”) logras
soltar el control de las situaciones y su devenir y dejas abierto un espacio armónico
que te permite confiar en la sabiduría de la vida. Y en ese estado se te hará más
fácil escuchar la voz de tu alma que es la que tiene las respuestas.
¿Cómo puedes hacer para ir soltando esa tendencia a
preocuparte? Hay un ejercicio maravilloso que propone la experta en Ho’oponopono
María José Cabanillas y que a mí me ha resultado muy útil.
Cuando te asalta una preocupación por algo que pueda suceder
siéntate en una silla e imagina que enfrente tienes a tu ego y lo escuchas
(nunca luches contra él, eso te desgasta y lo engrandece…recuerda que, a lo que
resistes, persiste). Es escucharlo sin darle la razón ni quitársela. Como te
escuchan los que atienden tus reclamaciones en la compañía telefónica jajaja. O
como si escucharas un sermón que te echa tu madre.
La dinámica es ésta:
Tu: Dime querido ego que quieres decirme
Ego: es que vas a ver que te sucederá esto
Tú: Si, y ¿qué más?
Ego: y luego sucederá esto otro
Tu: Si y ¿qué más?
Ego: entonces veras como luego la cosa empeora
Tú: Si, y ¿qué más?
Y así hasta que el ego agote todo su repertorio (suele
tardar no más de cinco minutos) Llegará un momento en que no tenga más
catástrofes que contarte, porque una de las características del ego es que sólo puede vivir en el pasado y en
el futuro, nunca en el presente, con lo cual su tiempo se agota. Porque en el
tiempo presente sólo está Tu Ser, lo que eres realmente. Luego de escucharlo
dale las gracias y no pienses más en el tema. Suéltalo, porque entre las
ventajas que tiene hacer éste ejercicio es darte cuenta que, lo peor que pueda
pasar, si al final sucede, nunca es para tanto. Pero el miedo, que es el arma
preferida del ego, nos lo hace ver tremendo.
Otra forma de soltar la preocupación y recobrar tu paz es
entregársela al Espíritu Santo.
En Un Curso de Milagros hay una oración de des-hacimiento
para el Espíritu Santo que es maravillosa y que, si no la conoces, te invito a probarla.
Es la siguiente:
“Debo haber
decidido equivocadamente porque no estoy en paz. Yo mismo tomé esa decisión,
por lo tanto, puedo tomar otra. Quiero tomar otra decisión porque deseo estar
en paz. No me siento culpable porque el Espíritu Santo, si se lo permito,
anulará todas las consecuencias de mi decisión equivocada. Elijo permitírselo,
al dejar que Él decida en favor de Dios por mí”.
Cada vez que sientas que has perdido tu paz interior, que
has elegido pensar, sentir y decidir desde el miedo y no desde el Amor, pon en
práctica ésta oración y verás que rápidamente tu estado cambia.
Y para finalizar te dejo con un cuento sufí que habla sobre
la paz perfecta.
La paz perfecta
Había una vez un Rey
que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la
paz perfecta.
Muchos artistas lo
intentaron. El Rey admiró y observó todas las pinturas, pero sólo hubo dos que
a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago
muy tranquilo, era un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas
montañas que lo rodeaban.
Sobre estas se
encontraba un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron
esta pintura pensaron que esta reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura,
también tenía montañas, pero estas eran escabrosas y descubiertas. Sobre ellas
había un cielo furioso del cual brotaba un impetuoso aguacero con rayos y
truenos. Montaña abajo parecía el retumbar de un espumoso torrente de agua.
Todo esto no se
revelaba para nada pacífico.
Pero cuando el Rey
observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en
una grieta de la roca. En este arbusto se encontraba un nido.
Allí en el rugir de la
violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de su
nido…
El Rey escogió la
segunda.
Y explicó a sus
súbditos el por qué: “Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin
problemas, sin trabajo duro ni dolor. Paz significa que a pesar de todas estas
cosas permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón”.
Con el Amor que es todo lo que somos me despido de ti hasta
la próxima.
Claudia Martínez Pardo


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