viernes, 1 de abril de 2016

¿Qué es la espiritualidad?

Espiritualidad

Mucha gente, hoy en día, habla de espiritualidad y de temas espirituales. Muestra de ello lo podemos encontrar en las redes sociales cada vez más cargadas de mensajes que alientan a conducir nuestra vida por caminos distintos a los que nos marca la sociedad.
En las últimas décadas éstos temas han despertado el interés de una porción grande de la población mundial que, en el intento de llenar un vacío existencial, encontró en las prácticas espirituales un descanso a la fatiga que produce vivir sin un propósito.
Pero ¿qué es eso llamado espiritualidad?
Antes que nada quiero dejar claro una cosa: todo lo que aquí escribo es mi propia idea de cómo son las cosas. No pretendo, ni mucho menos, dictar cátedra ni dar un conocimiento como una verdad absoluta.
Lo que escribo es el fruto de mi experiencia y de aquellas cosas que, habiendo recorrido un camino, me han resultado ser la explicación más integradora. No soy una gurú, ni una iluminada, no canalizo información de ninguna entidad ni soy un ser especial. Soy, nada más y nada menos, que un ser humano como tú que, desde su propia experiencia vital, encontró algunas pistas interesantes para vivir en armonía consigo misma y con los demás.
Dicho esto me gustaría contarte lo que es para mí la espiritualidad y para ello la primera distinción que tengo que hacer es que “ser espiritual no es igual a ser religioso”.
Ser religioso es creer y seguir ciertos dogmas o doctrinas planteadas en una religión acerca de lo que está bien o está mal y llevarlo como precepto de vida. La base de las religiones está en las enseñanzas de un ser que alcanzó la perfección y que se constituye en el modelo a seguir para conseguir “esa” perfección.
A mi modo de verlo la primera premisa de las religiones es que somos seres imperfectos, pecadores. Por cierto ¿sabías que el origen de la palabra pecar es no dar en el blanco, errar en la meta? Entonces ¿cuál sería el “pecado” con el que ya nacemos? Tal vez sea ignorar, desconocer o haber olvidado quienes somos en realidad y la perfección con la que vinimos a vivir la experiencia terrenal. Este “pecado” nos lleva a vivir buscando la perfección fuera de nosotros cuando, de hecho, ya hemos venido con ella sólo que no la reconocemos. Y esa tarea, la de la búsqueda de la perfección basada en un modelo ajeno, suele ser fatigosa y hasta resultarnos frustrante e imposible de conseguir.
Ser religioso conlleva seguir un conjunto de enseñanzas (imperativos morales) dictadas por un dios que, llegado el momento, juzgará si se han observado o no y sentenciará con el premio de la vida eterna o el castigo del infierno.
Pero, seamos conscientes o no, somos seres espirituales habitando un cuerpo material. Somos esa parte que anima el cuerpo material. La analogía del cochero y el coche lo define perfectamente. Tu cuerpo es el coche y tu alma (tu ser espiritual) es el cochero ó el conductor de ese coche. Un coche es muy útil para trasladarnos pero sin un conductor no va a ningún sitio ¿verdad? El cuerpo es simplemente tu vehículo para transitar éste mundo.
Por lo tanto, puedes no ser religioso, no creer en ningún dios y sin embargo siempre serás un ser espiritual. Ahora bien, que tomes o no consciencia de ello es otro asunto. Si no tomas consciencia es muy posible que creas que sólo eres un cuerpo físico, una maquinaria funcional comandada por un cerebro con ciertas capacidades e impulsos neuronales que dictaminan tu forma de vivir. En cierto modo te sentirás a merced de un destino caprichoso sin explicación para la mayoría de las circunstancias de tu vida, apegado a una realidad visible que te confirma que lo que ves es lo que hay y nada más.
Todas las opciones son muy respetables y no es mi intención hacer juicios de la experiencia que cada uno haya elegido vivir de acuerdo a lo que traiga para aprender en el plan de su alma (en otro ocasión hablaré de cómo, seas consciente o no, tienes un plan de vida que tu alma ha elegido antes de venir a la tierra cuando aún no habías nacido).
Cuando tomas consciencia de que eres un ser espiritual descubres que no eres un producto del azar, que no hay un destino caprichoso que te lleva de aquí para allá sino que eres creador de tu experiencia y un hilo fundamental sin el cual el tapiz de la vida estaría incompleto. Sabes que aquello que anima tu cuerpo, tu alma, es la que sabe por dónde te lleva porque es la que conoce perfectamente tu plan de vida y aprendes a colaborar con ella y con tu plan. Fluyes con la vida y te sientes parte implicada y responsable de cada experiencia. Dejas de juzgar los acontecimientos como “buenos” o “malos” porque sabes, de alguna manera, que no hay errores sino experiencias y que lo que sucede siempre es lo mejor que puede suceder para el plan de tu alma.
Hay una frase de Deepak Chopra que define muy bien la diferencia y dice así: “Religión es creer en la experiencia de otro. Espiritualidad es crear y tener tu propia experiencia”.
Ahora bien, tú me preguntarás: Claudia ¿Cómo puedo darme cuenta que estoy viviendo de forma espiritual?
Aquí te voy a dar algunas pistas (y que desarrollaré en próximos artículos)

Sientes paz interior (más allá de la circunstancia actual que estés viviendo)
Miras el lado positivo en cada situación y rescatas, en el mismo momento o a posteriori, el valor añadido que te brinda cada situación en tu crecimiento.
No te sientes víctima de nada, dejas de preguntarte “por qué” me pasa esto a mí. Por el contrario sabes (o intuyes) que detrás de cada situación que vives hay un “para qué” (para que aprenda algo, para que no tome tal o cual camino, etc.) y entonces cambias la pregunta del “por qué” al “para qué”.
• Sabes que eres el protagonista y el responsable absoluto de lo que haces, dices o piensas. Ya no hay “culpables” de lo que te sucede sino “colaboradores” en tu aprendizaje.
No juzgas (o lo haces cada vez menos) a las personas o a las situaciones. Dejas de valorar como “buenos” o “malos” a los demás porque sabes que cada ser está viviendo su propio aprendizaje y que nada de lo que hagan representa una amenaza para ti y para tu alma.
Ves en el otro un espejo en el cual mirarte y sabes que si lo que el otro te refleja no te gusta lo que has de cambiar lo has de cambiar en ti (y no en tu reflejo). ¿O acaso se te ocurriría culpar al espejo de tu casa porque un día te refleja que tienes mala cara?
Dejas de intentar cambiar el mundo y a las personas para dedicarte a cambiarte a ti mismo y a tu mundo. Eres consciente que lo que ves fuera (incluyendo al mundo en el que vives) es un claro reflejo de lo que piensas, sientes y dices con respecto a ello.
Respetas el camino vital de cada ser vivo (aunque no esté de acuerdo con tus creencias).
No necesitas competir con nadie ni demostrar tu valía pues sabes que cada ser es importante y necesario en el mundo, y que cada uno tiene un valor único que aportar.
Dejas de lado la necesidad de imponer tu verdad sobre la verdad de los demás.
• La frase “Todos somos uno” deja de ser un slogan y es real para ti. Tomas consciencia que, como dice Alejandro Jodorowsky: “Lo que das, te lo das y lo que no das, te lo quitas”.
Decides y elijes cada día actuar desde el amor y no desde el miedo.

Me gustaría terminar éste artículo diciéndote lo siguiente:
No hay nada fuera de ti, no hay un “otro” sino multitud de rostros de un mismo ser. Todo lo que ves, lo que sientes y lo que piensas esta dentro de ti.

Para mí la vida es como una gran obra de teatro en la que nosotros somos los actores que interpretamos nuestro personaje a la perfección. A veces nos toca ser el bueno para algunos y el villano para otros de acuerdo a lo que nos marca el guión. Pero cuando la obra de teatro acaba, igual que sucede en las representaciones teatrales, los actores nos despojamos de nuestro personaje y volvemos a ser quienes somos: pura energía de amor sin máscaras ni ficciones, donde no hay buenos ni malos sino un alma inmutable, luminosa y eterna.
Nuestra alma es el actor que interpreta el papel y el ego es, simplemente, el personaje que nos toca interpretar. No lo olvides.
Con Amor
Claudia Martínez Pardo

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